viernes, 13 de noviembre de 2015

Margarita Quesada en Museos Banco Central de Costa Rica

Caminar es sinónimo de reflexión, búsqueda, colectar, pero también de (des)encadenamiento de los deseos de producir para que las huellas carguen poesía; tal y como expresó Antonio Machado “son tus huellas el camino y nada más”. Caminando, pues, entorno a la muestra “No a la Realidad” de Margarita Quesada Schmith, en las salas de exposiciones temporales de los Museos del Banco Central de Costa Rica (MBCCR), me preguntaba si algún día ella -la artista oriunda de Paraíso-, surcara en el océano de su imaginación que en el centenario de su nacimiento (17 noviembre 1915 – 2015), -con el nivel de profesionalidad, profundidad y sensibilidad en la investigación curatorial puesta por María José Monge, la museografía y publicación del hermoso catálogo, con el apoyo incondicional de la actual Directora Ejecutiva Virginia Vargas-, se inaugurara esta exquisita muestra.


Margarita Quesada. “Mesita de noche”, 1990. Colección privada. Foto cortesía de MBCCR.

Este proyecto expositivo rompió con la fastidiosa actitud “capital-centrista”, en tanto Margarita se realizó en su vida de pintora casi sin salir de su Paraíso, y a los artistas de estas zonas periféricas del país, nos es difícil trascender las fronteras del “Ochomogo”, para exponer en un museo, y que la prensa se interese en cubrir el evento. Es inédito que a más de una década de su deceso y centuria de su natalicio, hoy nos sea posible caminarla intentando descifrar sus enigmas y bondades; su “Paraíso”, el paisaje de la esquina de su casa -desde donde pintó la mayoría de su obra-, y el “paraíso interior” que pobló su creatividad y los intentos de “no ser” para navegar en ese imaginario tan suyo, con todos aquellos personajes propios de la identidad del lugar y simbolismos de la factura que hoy valoramos.


 Margarita Quesada. “La Camelia”, 1988. Colección Leticia Quirós Quesada. Foto cortesía de MBCCR.

Otra de esas nocivas actitudes que le tocó enfrentar, el arraigado machismo, en tanto su Paraíso era de una cultura rural, a ella le tocó romper paradigmas, pues no era esperable que una mujer -en años de su juventud-, estudiara arte. La costumbre era casarse, procrear hijos y si fuese soltera -como en su caso-, ayudar en las labores domésticas y atención de los hermanos varones. No imagino a Margarita con rollos de papel, lienzos y bastidores, caja de pinturas subir a las viejas “casadoras” o abordar los carruajes del “pasajeros” para ir a clases. Tal vez -especulo-, esa ventana del tren o del bus por la cual se observa el paisaje pasar veloz, como en una de esas viejas cintas cinematográficas, activó su método creativo y significado de pintar desde la ventana: el espacio exterior, el mundillo rural de su Paraíso de entonces, o el interior, con tantas contingencias e incertidumbres que antepone dedicarse al arte.

 Margarita Quesada. No a la Realidad. Foto cortesía de MBCCR.

Mi imagen de la pintora
¿Cuánto me empodera evocar la imagen de la pintora paraiseña, trabajando el solar detrás de su casa, con pala, macana y machete, entre la empalizada, setos de ortiga y el zacate calinguero, ella se empeñó erradicar para que florecieran los lirios rojos de su vergel y de sus pinturas, o en los últimos años de su vida, cuando barría las aceras del frente de su propiedad y el parque contiguo para que lucieran como su jardin interior. Hoy me percato que aquél luce de nuevo enmontado y exhibe el rótulo de “se vende”. ¡Nos hace mucha falta la Nana!

Simbolismo de la ventana
En vida, un día que me acerqué, pintaba esas escenas que eternizó –vivía en la esquina noroeste del parque-, me comentó: “Quirosito, la gente dice que yo solo pinto a pintas”, y es que en la esquina diagonal estaban las antiguas cantinas “Garibaldi”, el pool y “la Rioja” o “cantina de Moncho”, donde a toda hora habían muchachos en la acera viendo pasar el tremendal del día a día, y que los paraiseños llamamos “pintas”, “holgazanes” y “fogosos”. Los personajes parecían estar y no estar, eran como “sombies” o “fantasmas”, pero Margarita los dibujaba y desdibujaba vistos desde la poesía de su interioridad.


Margarita Quesada. “Árbol rojo”, 1994. Colección privada. Foto cortesía de MBCCR.

Aquí me detengo para hablar de la narrativa de “la ventana” en su pintura, ella pintó con abundancia lo ocurrido al otro lado del marco, o en los adentros de su psique y personalidad, lo cual define la influencia de su maestro don Paco con su poesía de la ventana y de los fantasmas del cuadro. Hoy me pregunto respecto a “los pintas”, ¿no fue quizás esa la fogosidad que impregnó a sus cuadros?, ¿no eran la manifestación de su rebeldía respecto a la técnica y temática, cuando a veces raspaba lo pintado, metía al cuadro al chorro de agua para cancelar lo hecho, luego intentaba una y otra vez con fuerza impregnar su actitud “trasgresora” que tanto valoramos hoy en su pintura?


Margarita Quesada. “Nazareno”, 1994. Colección privada. Foto cortesía de MBCCR.

Visiones y disensos
Al apreciar la muestra, poblada de mensajes, apoyada por el pensamiento y sensibilidad de su curadora Monge, quien imprimió abundantes fichas reflexivas, extraídas de escritos de Margarita o de otros pensadores, acerca del proceso para definir el “No a la realidad”, o para sumirnos en el contenido de piezas como la ya comentada “Garibaldi” -de la colección de Virginia Pérez Ratton-; “La cantina de Moncho”, cuyo cielo restregado de azul, nótese que no digo pintado, y donde se aprecian esos “pintas” en la sombra nocturna haciendo vida; “El Nazareno”, procesión que quizás ella observó ferviente desde su ventana, en la noche del Jueves Santo cuando los feligreses acompañan el silencio de aquel taumaturgo galileo; el “Árbol Rojo” o ¨La Camelia” ambos de exquisita elaboración, que solo puede emerger de la sensibilidad de esta artista cargados de intensa tectónica y cromatismos; “La tienda Judía en barrios bajos de Nueva YorK”, en la cual magistralmente captó el estrés del comercio agrisado por su percepción de un mundo al filo del abismo, y que pintó durante su viaje a exponer en la urbe newyorkina junto a su maestro Paco Amighetti y amigos Roberto Lizano y Mario Castro, invitados por el galerista Julian Pretto; me preguntaba ensimismado acerca de esas cargas psicológicas que inundan sus acuarelas, tratando de comprender a referentes tales como Edvar Munch, Emil Nolde, Ernst Ludwig Kirchner, Georges Rouault, Henry Matisse, Karl Schmidt-Rottluff, de la camada de los expresionistas alemanes y franceses. Es cierto que alguna vez los admiró en los museos europeos, pero mi principal argumento es que los sintió y por su sangre corrían esos torrentes inspiradores que infundían carácter, disenso e inconformidad al trabajo, al punto de rasgar el papel, lavarlo hasta desaparecer lo que no cargaba fuerza –los aguijones de las contingencias del acto creativo-, hasta ver emerger esa sincera poesía propia de su estilo pictórico. Margarita moría con cada cuadro y resucitaba con el logro, merced a la perspicacia certera de su pensamiento crítico; por eso fue grande y hoy nuestras miradas se posan en una importante cuota de su enorme producción, pero no el total de su obra. Reciento aún muchos otros cuadros que hay que perseguir, que están en colecciones privadas y que espero algún día podamos reunir en otros linderos del arte costarricense cuando llegue a ocupar la posición merecida.


Margarita Quesada. “Tienda Judía barrios bajos de NY”, cerca de 1995. Colección privada. Foto cortesía de MBCCR.

Intertextualidad
Decía que me conecté con los contenidos de las reflexiones y citas curatoriales incorporadas al diseño museográfico, en especial a un pensamiento de Bachelard: “El armario y sus estantes, el escritorio y sus cajones, el cofre y su doble fondo son órganos de la vida psicológica secreta. Sin esos “objetos” y otros así valuados, nuestra vida íntima no tendría modelo de intimidad”. Esta cita en la pared desencadenó en mi la memoria de mis tiempos escolares en la escuela de Liendo y Goicochea en Paraíso -durante aquellos años tan importantes para mi propia activación artística. Yo no conocía a la pintora, quien me brindaba una mano motivadora era doña Gabina Schmith, su madre, quien me invitaba a escudriñar los secretos del arte entre cofres, cajones y el viejo armario del taller de su hija: modelados de desnudos humanos estampados en yeso, rollos de dibujos, retratos, estudios de morfología humana, esculturas constructivistas hechos con varillas de hierro que aprecié en tanto develaron esa intimidad de la pintora de la cual aprendí.


Margarita Quesada. “La Garibaldi”, 1986. Colección Virginia Pérez-Ratton. Foto cortesía de MBCCR.

Uno de los detalles de su estudio en su vieja casona de la esquina del parque de Paraíso, eran sus libros y citas pegadas con cinta a las paredes, como los escritos de Machado que ella tanto apreció. En eso se parecía al también fallecido Pedro Arrieta, quien tenía su taller forrado de pensamientos de grandes escritores. Me preguntaba cuánto aportarían al trabajo de los artistas en el momento de congeniar con la búsqueda. A propósito es importante comentar que esta gran pintora fue gran amiga de los jóvenes artistas de los ochentas y noventas, en especial algunos miembros de Bocaracá, fueron sus asiduos compinches: Arrieta, Lizano, Chacón, Herrera, Maffioli y otros paraiseños que apenas daban sus primeros pasos en el arte como Ricardo Ávila, Zoleila Solano, Giacomo Coghi, Margarita Quesada Coghi, y el mío propio.


Margarita Quesada. "Cantina de Moncho", Sf. Sala Foto cortesía de MBCCR.

Volviendo a caminar por la sala donde se exhibe en MBCCR, pienso que el abordaje a una muestra, para que sea real, consta de muchos otros registros de la memoria que no están presentes y que uno como espectador debe necesariamente reforzar para darle sentido a su “(in)completud”; tampoco la exposición tiene que darlo todo, es sano dejar que el espectador retorne, investigue, trascienda las fronteras del “aura” luminosa que instiga a descifrar para conocer a quien expone, y en ello acrecientan las percepciones del simbolismo de “la ventana”, pero también del sugestivo y enigmático “No a la realidad” que permanece incólume en la dimensión del desafío.


 Muestra de Margarita Quesada en MBCCR. Vista de Sala Foto cortesía de MBCCR.









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